Desde
los cinco años, una gran cantidad de pesadillas atosigaban sus
sueños. Noche tras noche, su inconsciente traicionero ponía en sus
sueños distintos tipos de besos con alguna mujer.
Toda
la vida había demostrado un particular gusto por el deporte,
principalmente el fútbol y la natación. Sus juguetes favoritos eran
pistas de coches, muñecos de acción y súperheroes. Sus caricaturas
favoritas se caracterizaban por ser de ficción y fantasiosas.
A
pesar del disgusto de su madre, siempre usaba pantalones de mezclilla
y tenis deportivos. Las pocas veces que llegó a usar un vestido era
bajo la condición de obtener algo a cambio.
“No es bueno que una niña
sea tan ruda” eran las pablaras que escuchaba de su padre. De
cierta manera, su mamá la defendía al decir que no tendría que
cumplir con los estereotipos de hombre o mujer. Ella, su hija, tenía
la libertad de interesarse en el deporte que quisiera y vestirse como
mejor se sintiera.
Al pasar unos años, ella se
preguntó si su madre seguiría pensando lo mismo ahora que su hija
tiene una relación amorosa con otra mujer. La historia comenzó
cuando aquella mujer se dijo “yo sólo quiero besar a una mujer”.
Iba en segundo semestre de la licenciatura y ahí conoció a su
actual pareja, con quien congenió desde el primer momento.
Todas las noches interactuaban
vía internet hasta altar horas de la madrugada, cada viernes salían
a divertirse junto con el mejor amigo de su amiga, quien, cabe
mencionar, es homosexual.
Esos sueños de infancia
resurgieron en su inconsciente, y se exacerbaban al momento en que
estaban juntas. Entraba en un momento de confusión, todo el tiempo
reprimió su preferencia sexual, debido a que sus padres son
fervientemente católicos, por ende defendían el pensamiento
equivoco de que la homosexualidad es una aberración antinatural.
Sin embargo por más que
intentaba reprimir aquel deseo, salía a la luz en cuanto estaba
cerca de ella; su olor, su sonrisa, su mirada tierna y su coquetería
implícita despertaban eminentemente sus sentidos.
Aquel día, después de tantos
sentimientos encontrados y llenos de duda y temor, no tuvo más
remedio, tomó una decisión y se dijo “quiero besar a una mujer, y
lo voy a hacer”, ya no aguantaba esa tortura de minimizar su
verdadero sentimiento, y así fue.
Esa noche de viernes salió a
dar un paseo con sus amigos, entre ellos aquella chica que le robaba
suspiros. El plan era salir un rato los tres y después buscar alguna
mujer dispuesta a terminar con la curiosidad.
Al transcurrir el tiempo, y
con la fiesta encima, comenzaron a jugar verdad o reto, y el momento
tan esperado se acercaba latente cada que les toca cumplir su reto,
el cual era darse un beso.
Desesperada, miedosa,
indecisa, ansiosa, y deseosa de sentir sus labios, se frustró con
aquel primer toque ya que fue muy rápido, escurridizo e insípido.
Por ello no pudo evitar decirle “besas muy mal” palabras que
delinearon su destino.
Su amiga se ofendió, se
molestó y le advirtió que nunca antes nadie se había quejado de
sus besos, así que a esto, ella respondió sarcásticamente “nadie
ha sido sincero contigo”, y para salir de dudas acordaron darse un
buen beso, que resultó ser más que bueno.
Ella deslizó sus suaves dedos
por su cuello, lo sujetó con fuerza y se acercó poco a poco a ella.
Humedeció sus labios delicadamente y los entrelazó con furia y
pasión. Dóciles mordisqueos dieron pauta para que hicieran
contacto sus leguas.
Después de éste gran beso
aquella mujer se quedó atónita, perdió el control de sus sentidos,
lo que tantos años se jactaba de someter terminó por someterla y,
para su fortuna, ahora aquellos sueños que tanto la atormentaron, ya
tienen rostro y por el contrario le brindan una sensación de amor.
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